En su conversación con el podcast 'Ya no quedan historias', Òscar Mingueza reconstruye un episodio que, visto con perspectiva, parece casi imposible: el día que dijo que no quería ir a hacer las pruebas con el FC Barcelona. "Mi padre me dijo, oye, que el Barça quiere que vayas a hacer las pruebas… y yo le dije, no, no, yo me quedo aquí con mis amigos", recuerda. La escena, contada entre risas, muestra a un niño que prefería seguir jugando en su entorno antes que enfrentarse a la oportunidad que cambiaría su vida.
La resistencia fue tal que su padre tuvo que recurrir a su primo Iván. "Que el Óscar no quiere ir", le dijo, intentando que alguien más lograra convencerlo. Mingueza insiste en que, a esa edad, su prioridad era clara: "Yo quiero jugar con mis amigos".
El día que el Barça apareció por sorpresa
La historia se remonta a Santa Perpètua de Mogoda, el pueblo natal del jugador. Aquel día, el FC Barcelona se presentó sin previo aviso para observar a los niños de siete años.
Pero Mingueza no estaba en su mejor momento. Su padre, Joan Carles, recuerda que el pequeño tenía fiebre y dolor de garganta. "Tenía un poco de fiebre y dolor de garganta… Le dije: 'Si el doctor te dice que puedes ir a jugar pues vas y si no pues no'". El médico le permitió jugar tras tomar un jarabe que le bajó la fiebre.
Llegaron tarde. Y esa tardanza, lejos de perjudicarlo, llamó la atención. "Todo el mundo esperaba preguntando por él", explica su padre. En la grada, el destino hizo su aparición.
El descubrimiento de un talento precoz
Jordi Font, entrenador de las categorías inferiores del Barça, estaba sentado junto al padre del jugador sin saber quién era. "Yo pregunté sin saber que era su padre", recuerda.
Cuando Mingueza apareció en el campo, Font quedó sorprendido por su actitud: "Nos dijo que era su hijo, que no había dormido bien porque se encontraba mal y que, aun así, quiso ir a jugar. Esto también dice mucho".
Lo que vio después confirmó su intuición. De Mingueza destacaban tres cualidades: comprensión del juego, velocidad y potencia. Era demasiado pequeño para entrar en la Masia, pero el club decidió que entrenara un día a la semana con jugadores mayores.
En ese grupo también estaba Carles Aleñá. "Al año siguiente, Òscar empezó en el Benjamín B y Carles Aleñá en el A", explica Font, que fue su primer entrenador y uno de los responsables de que el Barça apostara por él.
Un camino marcado por la constancia
El fichaje de Mingueza no fue fruto de un único día, sino de una progresión constante. Su capacidad para adaptarse a categorías superiores, su disciplina y su lectura del juego hicieron que el club lo siguiera de cerca desde muy pequeño. Años después, su debut en Kiev con el primer equipo confirmó que aquel niño que llegó tarde y con fiebre tenía algo especial.
Su padre aún lo recuerda con emoción: "Sentí mucha satisfacción cuando Jordi Font me preguntó por él. Son cosas del destino".
Lo que empezó con una negativa infantil terminó convirtiéndose en una carrera profesional que lo llevó a vestir la camiseta del FC Barcelona.
La historia de Mingueza es la prueba de que, a veces, los grandes caminos comienzan con un pequeño gesto, incluso con un “no” inesperado.